La fe, de la parroquia a la comunidad virtual

Un criterio sobre el que se apoya la definición de parroquia, la territorialidad, hoy está sometido a una redefinición debido a las comunidades virtuales, que abren una reterritorialización del vínculo social, según expresó el padre Darío Viganó, de la Pontificia Universidad Lateranense durante una exposición sobre “La Iglesia y la Web 2.0, riesgos y oportunidades”.

No se trata sólo de saber más de tecnologías digitales, sino de un discernimiento cultural, antropológico, de cómo se dan los contactos múltiples e inestables en la Web, de cómo ellos afectan algunas categorías en el modo de relacionarse de las personas a la distancia. Viganó señaló que la acción eclesial está urgida por el anuncio del Evangelio, hecho de relaciones interpersonales, pero no basta un acercamiento exhortativo sin desentrañar la cultura que se está desarrollando y sus códigos de comunicación.

De modo similar, en otra charla, el superior mundial de la Sociedad de San Pablo (un millar de religiosos que actúan en revistas, radios, televisoras, redes multimediales en 32 países), el sacerdote italiano Silvio Sassi, expresó que la comunicación actual no es sólo el conjunto de las numerosas y depuradas tecnologías para comunicar, sino un ambiente de vida, que incide en el modo de pensar y de vivir de todos nosotros. Y comparó este momento con la experiencia de San Pablo, que, al convertirse, recibió “un don inesperado”, que lo abrió a “una nueva comunicación con Dios y con los demás”. Invitó a reflexionar acerca de cómo puede darse una fe vivida y propuesta también en esta cultura inédita para la existencia humana. Hizo hincapié en conceptos como “participación” y “reciprocidad”, en los cuales el mensaje puede implicar una colaboración, en grados diversos, entre el emisor y el destinatario, que puede integrarlo, interpretarlo, deformarlo, rechazarlo.

A su juicio, cabe distinguir entre la comunicación interpersonal cara a cara que caracteriza la experiencia de fe en una parroquia y la de los medios, a los que no cabe ver sólo como “instrumentos”. Entiende que debe estarse atento a lo que el público experimenta como necesidad de fe, procurar escucharlo y plantear el hecho de evangelizar como una conversación, no un monólogo, como sería, por ejemplo, una homilía en un templo.

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